Era notable el contraste entre vendedor y cliente. El primero era ni más ni menos que el diablo, el rey del infierno de maléfico rostro observando a su víctima. Por su parte, el cliente era un afable anciano que miraba al demonio con una sincera sonrisa. El vendedor le pasó al viejo el contrato. No pudo evitar reír mientras le veía leerlo con detenimiento. Finalmente se lo devolvió con una firma, agradeciendo la oferta. El dueño del inframundo soltó una carcajada mientras cumplía el trato, cinco minutos para hablar con su difunta esposa. El precio, su propia vida. La anciana apareció en la sala. Marido y mujer se abrazaron entre lágrimas mientras el diablo contaba el tiempo. Con los cinco minutos terminados justos y si dejar que terminarán la conversación dijo:
-Bueno vejestorio, ya es hora de irnos.
-Muchas gracias, pero si no le importa me quedaré aquí.
-Creo que no has entendido el trato amigo mío.
-Bueno, solo decía que el precio sería mi vida. Ahora que los dos estamos muertos no hay ningún problema con que pasemos juntos la eternidad ¿no?
El diablo se dio cuenta, le habían engañado, de forma increíblemente sencilla.
-¿Cómo es posible? He engañado a reyes y tiranos. A ladrones y asesinos. El más ingenioso estafador intentó engañarme y de nada le sirvió ¿cómo lo has logrado?
-Bueno, igual es porque nunca intenté engañarte