Como todos los días, me desperté con los primeros rayos de sol. Observé con satisfacción como los cuervos se mantenían a una prudente distancia de los cultivos, lo que significaba que estaba realizando bien mi labor. Entonces pude observar como el maestro se acercaba hacía mí. El maestro era el hombre para el que yo trabajaba. Él era un hombre esforzado, él mismo había cultivado los campos que yo protegía, y no podría estar más orgullosos de ser su socio. Era además una muy buena persona, me cuida bien y de vez en cuando me trae algún regalo. Precisamente hoy veo con gran alegría como trae en sus manos un hermoso sombrero de paja con el que sustituye al viejo que hay en mi cabeza. Después de eso, mi amable maestro se aleja. No podría yo tener un mejor oficio.
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