Los ladrones tenemos fama de avariciosos, egoístas y de no preocuparnos por otra cosa que no sea el dinero. No lo desmentiré, aunque quizás yo sea algo distinto. No es que no sea avaricioso ni egoísta, pero el dinero me importa más bien poco. A mí lo que me interesan son los conocimientos. Un pedazo de papel con la cara de algún personaje histórico en él tiene el valor que le damos. En cambio, el conocimiento siempre prevalecerá, y aún en las mayores crisis nunca perderá importancia. Quizás algún día la gente dejará de lado el dinero y le dará al conocimiento el valor que merece. Sería un fastidio, pues tendría que actualizar mis métodos. Actualmente, es fácil robar conocimientos porque nadie los echa en falta.
En este blog tengo la intención de publicar los micro relatos que yo escriba. No tengo pensado enfocarme en ningún público específico, sólo en aquel que disfrute de mis historias. La finalidad de este blog es de mero entreteniento. Instagram: https://www.instagram.com/relatos_de_poca_tinta/?hl=es
lunes, 18 de enero de 2021
viernes, 8 de enero de 2021
El anciano que se olvidó de sonreír:
Había una vez un anciano que se olvidó de sonreír. Quizás había sido por la muerte de su esposa años atrás. Quizás por la poca atención que le prestaban sus hijos. Probablemente porque ya no creía tener motivos para hacerlo. Un buen día, en uno de sus rutinarios paseos, llamó la atención de un niño. Al infante le sorprendió la tristeza del anciano, por lo que decidió preguntarle por qué no sonreía, a lo que el anciano respondió que simplemente se había olvidado de cómo hacerlo. El niño decidió que le ayudaría a recordar. Día tras día intentaba hacerle sonreír. El anciano simplemente lo ignoraba. Así estuvieron durante meses hasta que un día el niño no apareció. El anciano, que había llegado a apreciar a aquel molesto crío, decidió investigar. No tardó en descubrir que el niño había fallecido de una extraña enfermedad. El anciano estuvo a punto de llorar, pero tras un instante, decidió que lo mejor que podía hacer por ese niño era sonreír.
martes, 5 de enero de 2021
El cementerio de las buenas personas:
En un rincón de un lugar que solo unos pocos recordamos se encuentra el cementerio de las buenas personas. Es allí donde yacen todos aquellos que han dedicado su vida a hacer el bien. Quizás lo más destacable de ese cementerio es que no aparece ni un solo nombre. En vez de eso, en las lápidas pone todo aquello que hizo esa persona para estar allí, pues los nombres son efímeros, no como las acciones que de un modo u otro dejan huella. Allí hay guerreros que lucharon para proteger a su pueblo, científicos que lograron erradicar alguna enfermedad o personas que dedicaron de forma anónima su vida a ayudar a otros. Ser enterrado en el cementerio de las buenas personas es un honor reservado sólo a aquellos héroes, con o sin capa, que se han preocupado más por el prójimo que por sí mismos.
La cena de navidad:
Me senté delante de mi cena de Navidad. Era un insípido plato de sopa y un trozo de filete que había sobrado de la comida. Desde luego era mediocre para la ocasión, aunque dado que iba a disfrutarla solo tampoco le di mucha importancia. Mucha gente me había preguntado si no me molestaba no juntarme con la familia. A mí, personalmente, me da absolutamente igual. En ocasiones hablamos con mucha alegría sobre reunirnos con la familia en la Navidad, pero olvidamos que es algo que podemos hacer todo el año. Si de verdad amas a alguien, tendrás ganas de verle todos los días, no solo una noche. Si de verdad amas a alguien, contendrás las ganas cuando sea necesario.
Reflexiones de allá arriba:
Es curioso ver lo que los terrestres piensan sobre nosotros, creyendo que hemos estado en su planeta en más de una ocasión. Me fascina esa inocencia que tienen. Allí nos imaginan como unos monstruos que buscan invadirlos. Si ni tan siquiera son capaces de aceptar a los de su propia especie cuando estos van en busca de ayuda ¿cómo van a aceptarnos a nosotros? Ya en sus películas se nos muestran como un grupo de malvados que quieren conquistarles, algo estúpido teniendo en cuenta que para poco queremos su destrozado hogar. No, no iremos a su planeta hasta que demuestren que son capaces de cuidarlo.
El palacio:
He albergado a generaciones de reyes, he resistido guerras e invasiones, he guardado joyas y he sido admirado. Sin embargo, hay algo que siempre me pregunto ¿de verdad soy grande? Soy conocido por los monarcas que me habitaron y las reliquias que he poseído. Si he aguantado invasiones ha sido por la perseverancia de los guerreros que lucharon por mí. Reflexionando he descubierto que todo lo que se me atribuye viene de otros, quizás no merezca esta grandeza. Sin embargo, es entonces cuando llega la siguiente pregunta ¿necesito la grandeza? Si ningún rey hubiera vivido en mí no sería conocido, pero no por ello sería infeliz. Quizás la felicidad no esté en lograr la admiración de otros, sino en simplemente ser feliz.