Había una vez un anciano que se olvidó de sonreír. Quizás había sido por la muerte de su esposa años atrás. Quizás por la poca atención que le prestaban sus hijos. Probablemente porque ya no creía tener motivos para hacerlo. Un buen día, en uno de sus rutinarios paseos, llamó la atención de un niño. Al infante le sorprendió la tristeza del anciano, por lo que decidió preguntarle por qué no sonreía, a lo que el anciano respondió que simplemente se había olvidado de cómo hacerlo. El niño decidió que le ayudaría a recordar. Día tras día intentaba hacerle sonreír. El anciano simplemente lo ignoraba. Así estuvieron durante meses hasta que un día el niño no apareció. El anciano, que había llegado a apreciar a aquel molesto crío, decidió investigar. No tardó en descubrir que el niño había fallecido de una extraña enfermedad. El anciano estuvo a punto de llorar, pero tras un instante, decidió que lo mejor que podía hacer por ese niño era sonreír.
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