domingo, 31 de mayo de 2020

El artesano de vidas


El artesano trabajaba arduamente y sin descanso, pero con la misma emoción del primer día. Su técnica era prodigiosa, seguramente la mejor en el oficio. Esto resultaba extraño, teniendo en cuenta que lo único que sabía crear eran muñecos. Sin embargo, la genialidad de estos era suficiente como para justificar su reputación. Siempre seguía el mismo proceso, comenzaba creando un monigote con arcilla. Después, añadía detalles al muñeco, nunca creó dos iguales. Por último, el objeto recibía un pequeño libro en el que solo estaba escrito el primer capítulo. Entonces, la figura cobraba vida para continuar ella misma aquel libro. De ese modo, el artesano creaba a los seres humanos.


martes, 26 de mayo de 2020

La caída del tirano:

Aquel país estaba gobernado por un vil tirano que era la maldad personificada. Sus súbditos se enfrentaban a impuestos abusivos y a leyes injustas. Todo el pueblo detestaba a ese dictador que disfrutaba de sus penurias. Nadie sabía cómo podía alguien ser tan perverso.  Algunos decían que pactaba con el mismísimo diablo, otros que era el diablo quien pactaba con él, pero los más sensatos razonaban que el diablo tenía miedo de aquel hombre. 

Un día apareció un peculiar viajero que pidió audiencia con el tirano. Éste, pensando que el desconocido sería algún embajador extranjero, aceptó. Sin embargo, el extraño no habló de ningún mensaje de otro país.

En cambio, le dijo al rey: “Esa crueldad de la que tan orgulloso estás será tu ruina, estás a tiempo de arrepentirte ahora o hacerlo más tarde. Pero te advierto de que si escoges la segunda opción todo esto se volverá  en tu contra”. El tirano se enfureció ante tal insulto y ordenó que encarcelaran al desconocido, quien aceptó la condena con total indiferencia. 

El dictador ignoró el aviso y se olvidó de él durante años. Sin embargo, llegó el día en que la profecía se cumplió. Los habitantes del país, cansados de soportar injusticias, vieron que ya nada tenían que perder, por lo que llevaron a cabo una exitosa rebelión. No tardaron en hacerse con el poder, y entonces desterraron al tirano al más remoto desierto. El único ser vivo que se encontró allí fue al viajero al que había apresado. Su único comentario fue: “Si me hubieras hecho caso cuando pudiste habrías aprendido por las buenas que la maldad siempre tiene castigo”.


miércoles, 20 de mayo de 2020

El bosque generoso

Existía en un lugar un bosque conocido por sus actos amables. Permitía que los pájaros vivieran en las ramas de su árboles y que los roedores durmieran en las madrigueras de su tierra. Compartía los frutos de sus plantas y el agua de sus estanques con cualquier animal que quisiera. Era muy querido por todas las criaturas, que podían vivir felices gracias al bosque. Sin embargo, no tardó en aparecer una amenaza para esa felicidad, los humanos. Un buen día comenzaron a talar los árboles por algún misterioso motivo. Sus máquinas arrasaban con todo a su paso, como si de aterradores monstruos se trataran. Cuando eso ocurría, a las criaturas del bosque no les quedaba más remedio que huir, pues el miedo podía con sus ganas de defender al bosque. Se arrepentían de su impotencia, pero nada podían hacer para ayudar a quien tanto les había dado. El bosque las comprendía, y pese a los daños que sufría, en ningún momento dejó de ayudar a los animales, lo que aumentó la vergüenza de estos. No obstante, lo peor aún no había llegado. Una vez un extraño humano fue al bosque. No llevaba ninguna de esas monstruosas máquinas, sólo unas botellas, pero lo que hizo con ellas fue mucho peor. Tras lanzarlas al bosque, este empezó a arder. Las llamas se extendían por los árboles, en una auténtica pesadilla. A los animales les habría gustado hacer algo, pero el terror sólo les permitía escapar de aquel infierno. El fuego no se extinguió hasta unos días después, en los que hizo destrozos irreparables. Y sin embargo, pese a todo el dolor, el bosque seguía protegiendo a las criaturas. Ellos, arrepentidos por jamás haber ayudado al bosque, decidieron que tenían que comenzar a corresponder lo que él había hecho por ellos. Los animales más ágiles comenzaron a transportar las semillas para recuperar los árboles perdidos y los más grandes a asustar a los humanos de intenciones hostiles. De ese modo, la vida del bosque pudo prosperar.


El trovador

Era extraña la fijación de aquel peculiar trovador por ese pueblo. Iba allí todas las semanas, pese a que vivía a horas de distancia. No gozaba de gran popularidad en ese pueblo, pues cuando comenzaba a cantar en la plaza todos los habitantes se reunían, pero no para aplaudirle, sino para burlarse de él y de sus canciones. No es que sus espectáculos fueran de dudosa calidad, al contrario, era probablemente el mejor en lo que hacía, ya que poseía una hermosa voz y una portentosa imaginación para componer  sus poemas. Sin embargo, en aquel pueblo todos se reían de él, quizás por envidia, quizás por manía, pero siempre trataban de humillarle. Y pese a todo, el bardo asistía todas las semanas para dar un gran espectáculo donde hacía oído sordo de las críticas.

Un día, un viajero se topó con él al visitar el pueblo, y le sorprendió que alguien con tal talento decidiera tocar para esos desagradecidos, cuando perfectamente podría hacer lo propio para nobles y reyes que generosamente le pagarían. Cuando se lo preguntó al trovador este señaló a una ventana y explicó que allí vivían una pareja de ancianos de tal edad que ya ni podían salir de casa. Estos amaban la música del trovador como los que más. Al músico le daban igual las críticas sin sentido, pero el poder hacer que esa pareja, posiblemente su público más fiel, disfrutará de su espectáculo era más valioso que lo que pudiera pagarle cualquier rey.


El frío abrazo

La criatura sobrevolaba el bosque con sus negras alas. Observó hasta los más mínimos detalles, y hasta estos lograron impresionarla de alguna forma, precisamente por su simpleza. Su mirada curiosa no tardó en posarse sobre una familia de ciervos. Todos eran hermosos a su manera, desde las bellas crías hasta los majestuosos adultos. La criatura pasó horas contemplando el milagro de la vida. Cada mínima acción de los animales captaba su interés. La escena rebosaba tranquilidad, y duró un largo período de tiempo. Sin embargo, dicha calma acabó cuando una flecha sobrevoló el campo. Los cazadores dispararon sin cesar. La mayoría de ciervos escapó, pero uno recibió un letal impacto. La criatura sintió pena, aunque era lo natural. No podía ni debía luchar contra eso, y ni los cazadores tenían la responsabilidad de esa muerte, pues en eso consistía su tarea. Lo único que pudo hacer la criatura fue recoger la inocente alma con un frío abrazo. No solía hacerlo personalmente, pero a la muerte le gustaba recoger las almas si podía.