miércoles, 20 de mayo de 2020

El bosque generoso

Existía en un lugar un bosque conocido por sus actos amables. Permitía que los pájaros vivieran en las ramas de su árboles y que los roedores durmieran en las madrigueras de su tierra. Compartía los frutos de sus plantas y el agua de sus estanques con cualquier animal que quisiera. Era muy querido por todas las criaturas, que podían vivir felices gracias al bosque. Sin embargo, no tardó en aparecer una amenaza para esa felicidad, los humanos. Un buen día comenzaron a talar los árboles por algún misterioso motivo. Sus máquinas arrasaban con todo a su paso, como si de aterradores monstruos se trataran. Cuando eso ocurría, a las criaturas del bosque no les quedaba más remedio que huir, pues el miedo podía con sus ganas de defender al bosque. Se arrepentían de su impotencia, pero nada podían hacer para ayudar a quien tanto les había dado. El bosque las comprendía, y pese a los daños que sufría, en ningún momento dejó de ayudar a los animales, lo que aumentó la vergüenza de estos. No obstante, lo peor aún no había llegado. Una vez un extraño humano fue al bosque. No llevaba ninguna de esas monstruosas máquinas, sólo unas botellas, pero lo que hizo con ellas fue mucho peor. Tras lanzarlas al bosque, este empezó a arder. Las llamas se extendían por los árboles, en una auténtica pesadilla. A los animales les habría gustado hacer algo, pero el terror sólo les permitía escapar de aquel infierno. El fuego no se extinguió hasta unos días después, en los que hizo destrozos irreparables. Y sin embargo, pese a todo el dolor, el bosque seguía protegiendo a las criaturas. Ellos, arrepentidos por jamás haber ayudado al bosque, decidieron que tenían que comenzar a corresponder lo que él había hecho por ellos. Los animales más ágiles comenzaron a transportar las semillas para recuperar los árboles perdidos y los más grandes a asustar a los humanos de intenciones hostiles. De ese modo, la vida del bosque pudo prosperar.


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