El artesano trabajaba arduamente y sin descanso, pero con la misma emoción del primer día. Su técnica era prodigiosa, seguramente la mejor en el oficio. Esto resultaba extraño, teniendo en cuenta que lo único que sabía crear eran muñecos. Sin embargo, la genialidad de estos era suficiente como para justificar su reputación. Siempre seguía el mismo proceso, comenzaba creando un monigote con arcilla. Después, añadía detalles al muñeco, nunca creó dos iguales. Por último, el objeto recibía un pequeño libro en el que solo estaba escrito el primer capítulo. Entonces, la figura cobraba vida para continuar ella misma aquel libro. De ese modo, el artesano creaba a los seres humanos.
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