Era extraña la fijación de aquel peculiar trovador por ese pueblo. Iba allí todas las semanas, pese a que vivía a horas de distancia. No gozaba de gran popularidad en ese pueblo, pues cuando comenzaba a cantar en la plaza todos los habitantes se reunían, pero no para aplaudirle, sino para burlarse de él y de sus canciones. No es que sus espectáculos fueran de dudosa calidad, al contrario, era probablemente el mejor en lo que hacía, ya que poseía una hermosa voz y una portentosa imaginación para componer sus poemas. Sin embargo, en aquel pueblo todos se reían de él, quizás por envidia, quizás por manía, pero siempre trataban de humillarle. Y pese a todo, el bardo asistía todas las semanas para dar un gran espectáculo donde hacía oído sordo de las críticas.
Un día, un viajero se topó con él al visitar el pueblo, y le sorprendió que alguien con tal talento decidiera tocar para esos desagradecidos, cuando perfectamente podría hacer lo propio para nobles y reyes que generosamente le pagarían. Cuando se lo preguntó al trovador este señaló a una ventana y explicó que allí vivían una pareja de ancianos de tal edad que ya ni podían salir de casa. Estos amaban la música del trovador como los que más. Al músico le daban igual las críticas sin sentido, pero el poder hacer que esa pareja, posiblemente su público más fiel, disfrutará de su espectáculo era más valioso que lo que pudiera pagarle cualquier rey.
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