Cuando el anciano escuchó entrar a los intrusos supo que estaba perdido. Observó ese pequeño baúl donde guardaba su mayor tesoro, a sabiendas de que no podría hacer nada para defenderlo. Había hecho lo imposible para proteger aquella valiosa pertenencia a sabiendas de que una vez fuera descubierta lo perdería todo. Pero al final todos esos esfuerzos iban a dar igual. El contenido del baúl le iba a ser arrebatado. Lo último que hizo el anciano antes de que entraran a su habitación fue abrir la caja, su conciencia, para contemplar por última vez su gran secreto, sus pecados.
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