En unas horas San Lorenzo sería martirizado. Había humillado a los Romanos. Cuando se le había exigido entregar las riquezas de la Iglesia, él simplemente llamó a todos los necesitados a quienes había ayudado y que para él valían más que todo el oro. Por semejante mofa se le impuesto de castigo morir en una parrilla. Se esperaría que estuviera asustado, pero el santo no mostraba preocupación alguna. Cuando un guardia le preguntó si tenía miedo, San Lorenzo simplemente dijo “Ni el más mínimo, pues seré recordado como un santo por mis buenos actos, en mi nombre se celebraran fiestas, a vosotros en cambio se os tendrá como mis verdugos, un muy dudoso honor”.
Con este relato me gustaría celebrar la fiesta de San Lorenzo, que por razones obvias en este año está siendo bastante distinta.
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