En medio de la oscura noche, el vagabundo recorría las estrechas calles de la ciudad. Miraba con envidia a los clientes que cenaban cómodamente en las terrazas de los restaurantes. Observó a un par de personas peleando, presumiblemente por alguna estupidez, lo que le causó al vagabundo una sensación de tristeza. ¿Acaso no eran conscientes de la buena vida que podrían disfrutar si ellos no crearan sus propios problemas? De repente el vagabundo oyó a un vehículo a toda velocidad que le habría atropellado de no ser por su rápida reacción. Sin embargo el susto duró poco, pues un pequeño niño llamó al vagabundo, que acudió alegremente al reclamo. Siempre había alguien dispuesto a jugar con un perro callejero.
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