Como todo buen padre, viendo a mi hija en su boda me embargaba un sentimiento de orgullo y felicidad. Aunque a este también le acompañaba una sensación de tristeza. Puede que fuera por la melancolía que me producía que mi hija había crecido y no volvería a sentarse junto a mí para que le contara un cuento como hacía antaño. Puede que fuera por miedo a que el novio no cumpliera y mi niña acabara con el corazón destrozado. Puede que se debiera a que yo ya había abandonado este mundo hacía años. No creo que fuera esto último, porque aún en la muerte yo siempre estaré con ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario