Mi dueño me apunta hacia el enemigo. Entre lágrimas, me veo obligado a disparar y matarle. Odio a mi dueño con toda mi alma. Es por su culpa que soy un asesino. Ahora dispara a otro, y a otro, y a otro… Hasta que finalmente llega la peor parte, los niños. Si ninguna compasión mi dueño me apunta hacia un grupo de niños, y aprieta el gatillo. Odio lo que soy, un arma.
En este blog tengo la intención de publicar los micro relatos que yo escriba. No tengo pensado enfocarme en ningún público específico, sólo en aquel que disfrute de mis historias. La finalidad de este blog es de mero entreteniento. Instagram: https://www.instagram.com/relatos_de_poca_tinta/?hl=es
viernes, 30 de octubre de 2020
jueves, 22 de octubre de 2020
Los cuatro jinetes:
Los cuatro Jinetes del Apocalipsis sembraban el caos a sus anchas. Lideraba el jinete de la conquista a lomos de su caballo blanco y portando un arco dorado. Su semblante recordaba al de un ladrón, desconfiado y de mirada aguda. Después cabalgaba el jinete de la guerra en su corcel rojo como la sangre, al tiempo que blandía su espada de acero. Un gigantesco casco ocultaba por completo su rostro. El tercero era el jinete del hambre, subido a un caballo negro, que era igual de delgado que su maestro, fácilmente confundible con una víbora. Al final, el jinete de la muerte cabalgaba su caballo amarillo. El jinete vestía un singular ropaje similar al que llevaron los médicos de la peste negra, con la diferencia de que era de un impoluto color blanco. Nadie escapaba de los jinetes, que lo destruían todo a su paso, conscientes de que nada podría pararles. Y entonces la paloma blanca se posó delante de ellos. Los cuatro se asustaron y con razón, pues sabían quien era aquel ser. El bello pájaro se convirtió en la figura de un caballero de resplandeciente armadura dorada. Antes de que los jinetes pudieran huir, el guerrero de la paz desenvainó su espada y acabó con los cuatro enemigos sin compasión. Con la tarea completa, se alejó, volando, aunque con tristeza, sabiendo que no tardarían en renacer.
jueves, 15 de octubre de 2020
La broma:
El señor Burosi observó a uno de sus empleados entrar a su despacho mientras se fumaba su puro de todas las mañanas. El empleado se llamaba Pepe o Pedro, o quizás Paco, al señor Burosi no solía memorizar el nombre de sus empleados. Solo había hecho llamar a aquellos cuya producción no era satisfactoria. En cuanto el trabajador entró le dió la noticia, había sido despedido. El empleado rompió a llorar, dijó que su situación era precaria, que si su producción era mala era por la excesiva cantidad de tiempo que duraba su jornada, que tenía dos hijos a los que ya le costaba mantener con su bajo sueldo… Burosi le echó sin miramientos, a él le daban igual los demás. Se beneficiaba de las guerras, su empresa contaminaba y evitaba impuestos mediante fraude fiscal. Pero todo le daba igual, lo único que importaba era él mismo. En ese momento entró por la puerta una esquelética figura, tapada con una túnica negra como la noche. Del hueco que dejaba su capucha salieron unas tenebrosas palabras: “Paga por tus crímenes”. Ante la horrorosa escena, Burosi sufrió un infarto, allí acabó su historia. La Muerte se quedó unos instantes observando el cuerpo del viejo empresario. En su tiempo libre le gustaba dar un escarmiento a la gente como Burosi, pero siempre se le olvidaba una cosa, los más poderosos eran quienes más temían las bromas de la muerte.
sábado, 10 de octubre de 2020
Aire:
Libertad, es lo que yo siempre he amado de volar. Los seres terrestres se han de contentar con el suelo, y ni siquiera los humanos pueden lograr esa plenitud con sus estúpidas máquinas. Los animales marinos, al menos, tienen todo el océano para ellos, pero siguen limitándose a nadar. Lo entonces lógico sería pensar que las aves son quienes gozan de la verdadera libertad. Craso error, un pájaro nunca tendrá el tiempo para recorrer todo el mundo. Ese privilegio solo me corresponde a mí, el viento.
Agua:
El mar observó al barco con enojo. Hasta ese momento les había regalado una marea tranquila para que pudieran viajar sin problemas, y en vez de agradecérselo mancillaban sus aguas. Pescaban y buceaban, como si fueran dueños del lugar. Esto desató la furia del mar, que se agitó produciendo una tormenta que torturó a los desdichados tripulantes. El mar puede ser cruel en su venganza.
Tierra:
La Tierra nunca conoció la alegría, y si alguna vez lo hizo se había olvidado ¿Por qué? Porque estaba sola. Esto podría parecer algo imposible, pues la Tierra estaba en todas partes, y por ende con todo ser vivo. Sin embargo, nadie parecía saber de su existencia, lo cual le resultaba aún más frustrante, teniendo en cuenta lo que ella hacía por todos. Permitía a la gente que cultivaran en ella y que extrajeran minerales de su interior, pero nadie parecía percatarse. A veces se enojaba, y en su furia producía terremotos como venganza. Luego se daba cuenta del daño que había causado y se arrepentía, pero no tenía modo de disculparse. Con el tiempo aprendió a vivir con la melancolía, que desgraciadamente nunca cesó.